SOMOS MADRES, ¡Y PUNTO!

Cuando entramos en el rol de madre empieza una profesión que no tiene jubilación
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Somos madres, ¡y punto!

Cuando entramos en el rol de madre empieza una profesión que no tiene jubilación. Desde que estamos embarazadas se va creando esa relación que no termina ni que nuestros hijos tengan nietos. Una relación que empieza a alimentarse con el cordón umbilical y que seguimos alimentando con besos, abrazos, miradas, regaños, consejos y apoyo incondicional

“Muchacho chiquito, problema chiquito; muchacho grande, problema grande”, se suele decir en Venezuela como parte de la cultura popular para ejemplificar eso que vivimos día a día viendo crecer a nuestros hijos. Siempre a su lado cuando nos necesitan. Siempre al alcance de un llanto, de una caída, de una llamada telefónica... al alcance de los momentos buenos y de los malos también.

Al principio la preocupación es protegerlos. Nos da una emoción inmensa cuando dan su primer paso o cuando le sale su primer diente, como si se tratara de un hecho novedoso en el proceso de la vida. Creemos que un cólico es una enfermedad grave y pensamos que si los dejamos llorar somos unas malvadas. Nunca son suficientes las fotos y los vídeos y mucho menos el compartirlos con la familia y los amigos en estos tiempos de tecnologías inmediatas.

A medida que van creciendo nos centramos más en su educación: la del hogar, que es la más importante, y la formal. Aquí empieza otro tipo de interacción: ya no es solo darles amor, sino también directrices y esto implica empezar a ser un poco antipática, pasamos de ser el centro del universo a ser una autoridad que no se ha solicitado; pero la buena noticia es que más adelante lo agradecen, como lo demostramos nosotras a nuestras madres.

Cuando dejan el nido, bien sea porque se casan o se van a estudiar a otro lugar lejos de nuestra protección, entramos en la preocupación ausente, esa que solo sabemos nosotras, que la sentimos y guardamos, porque tenemos que demostrar que estamos felices de que hagan su vida y que sean unos adultos de bien. Y si bien es su derecho legítimo hacer su vida, para nosotras siempre serán nuestros bebés.

No nos importa lo que digan los demás: que si somos sobreprotectoras, consentidoras o muy severas con nuestros hijos. Los disfrutamos en cada una de las etapas de la vida y nos preocupamos por ellos desde que nacen hasta que nos vamos de este mundo. Celebramos cada una de sus alegrías y recibimos los desaciertos convencidas de que todo es para bien. Por eso, somos madres, ¡y punto!

Por

Tatiana Russián

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